
Acá una selección de algunas de las notas que salieron en diversos medios a causa de los ensayos burroughsianos que acabamos de editar y de las Jornadas William S. Burroughs.


En paralelo a la utilización del cut-up y como recurso para ampliar sus posibilidades, WSB experimentó en sus escritos con un método al que denominó fold-in, y que consiste en una página doblada en dos, verticalmente pegada sobre otra y luego leídas de corrido como una nueva y misma página. La variación más importante que este método supone respecto del cut-up es que permite utilizar páginas de otros escritores para lograr un número de combinaciones imprevisibles entre el vocabulario propio y el ajeno; “una amplitud infinita de posibilidades” del lenguaje como liberación. Una estrategia estructuralmente política más que un contenido literalmente político, esa búsqueda de una combinatoria infinita e incalculable mediante el corte y el pliegue es, tal vez, una de las mejores maneras de explicar las películas que responden a una de las tradiciones más radicalmente genuinas del cine experimental, conocida como found footage (o metraje encontrado): películas que utilizan fragmentos de películas anteriores para deshacer la idea misma de “películas”. Y que en este programa están representadas por dos grupos bien divisibles de cineastas. Uno de norteamericanos contemporáneos y cercanos a Burroughs (física y conceptualmente), compuesto por los artistas visuales críticos Joseph Cornell, Wallace Berman y Bruce Conner. El otro, europeo e integrado por Jürgen Reble, Peter Tscherkassky y la dupla Thomas Draschan-Stella Friedrichs, representa la influencia actual del escritor en la práctica cinematográfica más radical. Lo que articula ambas partes, sin embargo, es una apuesta total al recorte (al montaje como metamorfosis: de Eisenstein a Debord) y al trabajo de reconstrucción detectivesca bajo parámetros casi siempre paranoicos y libertarios, siempre novedosos. Sus películas constituyen un último llamado al cine por parte del cine que, en su avance decisivo contra la intoxicación hollywoodense, parece resuelto a desplegar sus condiciones de guerrilla en respuesta a la proclama del inspector J. Lee, de la Policía de Nova: Pueblos de la tierra, los han envenenado.
La presencia de William Burroughs en la música y la cultura rock ha sido ya largamente reseñada. Su obra y su figura, devenida ya un icono de la contracultura, ha trascendido los límites de la literatura para proyectarse sobre ese campo de múltiples maneras: algunas bandas, Steely Dan y Soft Machine por ejemplo, adoptaron directamente sus nombres inspirados en conceptos burroughsianos; otras le dedicaron discos o canciones; y algunos artistas de la talla de Laurie Anderson, Tom Waitts, Kurt Cobain, Sonic Youth o John Cale hasta llegaron a trabajar mano a mano con él. Sin embargo, es quizás la cultura industrial, surgida a fines de los setenta con grupos como Throbbing Gristle, Cabaret Voltaire, Psychic TV, y posteriormente el noise y el sound-art, quienes, inspirados fundamentalmente en el uso (y abuso) estratégico del cut-up, el sonido y la tecnología documentado en La revolución electrónica, continuaron formalmente con su legado. La ejecución de material pregrabado y de una precursora técnica de mixología en tiempos del pre-sampler se volvió para estas bandas algo así como un arma con la que intervenir en una guerra librada contra la cultura pop.


Varias notas salieron en diversos medios a causa de las Jornadas Patafísicas Universales y de la edición de nuestra antología consagrada a las ciencias de las soluciones imaginarias. Acá algunas de ellas:
Del 10 al 24 de septiembre en el MALBA, el CCEBA y la Alianza Francesa


La ‘Patafísica o “ciencia de las soluciones imaginarias” es un saber inventado por Alfred Jarry a fines del siglo XIX. Antes que inteligir el mundo, su tarea es la de destruirlo y hacerlo formulable de modo distinto al acostumbrado. No posee claves, pero sí un heterogéneo corpus de textos que ha cimentado los movimientos estéticos más revulsivos del siglo XX. Este volumen intenta recoger algo de toda esta diversidad: textos inéditos de Alfred Jarry que refieren a la ‘patafísica en tanto disciplina, selección de narraciones y ensayos de artistas y escritores (Paul Valéry, Raymond Roussel, Erik Satie y otros) que han nutrido al Colegio de ‘Patafísica antes de su creación en 1947, textos inéditos de dos patafísicos de culto, René Daumal y Julien Torma, y un conjunto de documentos que testimonian la singular arquitectura, el exuberante y excéntrico imaginario institucional y las primeras actividades del Colegio de ‘Patafísica y de su capítulo argentino, el Instituto de Altos Estudios Patafísicos de Buenos Aires.
Me interesaba en esta ocasión retomar una cuestión que está planteada hacia el final del prólogo, y que precisamente por eso no está más que esbozada, relativa a la primera persona en el documental de Mekas sin la cual no puede concebirse; me refiero justamente esa primera persona que se configura en el diario, en Ningún lugar adonde ir y, que, en general, suele asociarse con el documental de primera persona contemporáneo, que es, se puede decir, el documental contemporáneo por excelencia. Si hay una característica contemporánea del documental actual es precisamente ese pasaje al polo de la primera persona cuando en la historia del documental siempre se trató de la narración o la representación del otro, cultural, social, político, étnico, trabajador. En la historia del documental la representación del yo estaba ante todo prohibida, porque en esa inter-dicción –esto es, que el cineasta no dijera su yo- se aseguraba la condición objetiva del documental y se fundamentaba pues el documental. El documental contemporáneo, en su forma más innovadora, termina con esa interdicción porque hace de su objeto a los cineastas mismos, que hablan de sí y crean sus propias imágenes. Hablar de sí, escribir sobre sí, filmar sobre sí, es una modalidad cada vez más extendida, que no implica solo al documental, sino a la cultura contemporánea misma: desde la última literatura argentina que la crítica ha denominado ya como la “literatura del giro autobiográfico” (que incluye por lo menos La vida descalzo en Villa Gesell y otras playas, de Alan Pauls, Un año sin amor de Pablo Pérez, su diario del HIV, y Maniobras nocturnas de Edgardo Cozarinsky, sobre el servicio militar en su juventud, por nombrar deliberadamente a escritores de tres generaciones distintas) pasando incluso por el teatro argentino e internacional como Crudo de José María Muscari, o como La noche que Larry Kramer me besó, de David Drake, obras que están actualmente, al mismo tiempo, en cartel o que lo estuvieron hasta hace muy poco, hasta la actual proliferación inabarcable, para cualquiera que se interese por ellos y quiera leerlos, de blogs de la intimidad, y también de páginas personales de internet.





